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Etiología

A pesar de que las causas de la tartamudez aún no se conocen a plenitud, la información de que disponemos indica que ésta surge de una combinación de factores genéticos y ambientales. Los genetistas han encontrado indicios de que la predisposición a la tartamudez se hereda y de que se da más entre los varones. La idea de la herencia se respalda con el estudio de mellizos, demostrándose que existe mayor concordancia para la tartamudez entre parejas de mellizos idénticos que entre los llamados gemelos falsos. Se cree que en algunos casos el daño cerebral congénito también puede predisponer a la tartamudez. Sin embargo, en muchos niños que tartamudean no hay antecedentes familiares del trastorno ni indicios claros de daño cerebral.

La tartamudez generalmente comienza durante el período de intenso desarrollo del habla y del lenguaje, cuando el niño pasa de usar frases de dos palabras a utilizar oraciones complejas, normalmente entre los dos y cinco años de edad, aunque puede surgir tan temprano como a los 18 meses. Los esfuerzos del niño para aprender a hablar y el estrés normal del crecimiento pueden provocar las breves repeticiones, vacilaciones y prolongaciones de sonidos que caracterizan tanto el tartamudeo incipiente como la llamada disfluencia normal de la infancia. En la mayoría de los niños, estas primeras señales de tartamudez disminuyen paulatinamente hasta desaparecer, pero persisten en otros. Éstos pueden empezar a mostrar mayor y más prolongada tensión física al hablar, a la vez que sus dificultades le infunden sentimientos de vergüenza, temor o frustración.
 

Este proceso se puede atajar si los padres reciben asesoramiento y el niño un tratamiento adecuado antes de que haya desarrollado reacciones sociales y emocionales negativas frente al tartamudeo. Si tal es el caso, el pronóstico es favorable.